4 fases del niño interno

 

niño interno

  1. El niño juguetón

El niño juguetón es tal vez la parte que más a menudo vuelve a hacerse un sitio en nuestra vida adulta. Está ahí cuando patinamos, construimos modelos de aviones, jugamos a las cartas o vamos al zoológico. Le gusta hacer bricolaje y disfruta haciendo reír a otras personas. Hacer muecas y gastar bromas a los demás son dos cosas que le encantan. También se lo pasa estupendamente cantando y bailando. Es, en una palabra, motivo de alegría en nuestra vida. Pero, por desgracia, eso que llamamos la seriedad de la vida lo ha reprimido con mucha frecuencia. La racionalidad ha vencido.

Por desgracia, como adultos solemos pensar que jugar sería cosa de niños pequeños. Pero el mero hecho de jugar y la espontaneidad son parte de nuestro ser natural. Nos gusta ser creativos y expresarnos con libertad, lisa y llanamente. Para mí es un disfrute recordar lo bien que lo pasaba de niña dando vueltas en círculo a toda velocidad y dejándome al final caer en la hierba en cualquier parte. El juego no tiene por qué tener ningún objetivo concreto, y en él tampoco se trata de ganar. Es una pena que como adultos apenas podamos soportar que las cosas marchen de vez en cuando por sí solas. Siempre que disfrutamos de un poco de tiempo libre, nos sentimos obligados a llenarlo con actividades que tengan “un sentido”. Cuando hallamos acceso a nuestro niño juguetón, se abren espacios enteramente nuevos para creatividad, espontaneidad y ligereza.

  1. El niño mágico

El niño mágico nos permite acceder al mundo de la fantasía. Es esa parte de nosotros que puede hablar con los animales, y que cree en espíritus, magos y brujas, pero que constituye también la puerta a nuestra espiritualidad. Él es quien introduce alegría y magia a nuestra vida. Los objetos más simples, como una sencilla hoja de papel, pueden transformarse en sus manos en las cosas más sorprendentes; una caja se convierte en un barco, el salero del restaurante en una nave espacial, y la escoba en un espléndido corcel. El niño mágico puede contar las historias más increíbles. Por desgracia, lo normal es que no sólo no fomentemos casi nunca la imaginación de nuestros hijos, sino que nos burlemos de ella e incluso la desaprobemos como una tontería. Sin embargo, ella puede tener una gran importancia en nuestra vida adulta. Piénsese, sin ir más lejos, en ese éxito de ventas que es Harry Potter. Si Joanne K. Rowling no hubiera tenido acceso a su niña mágica, es muy difícil que hubiera tenido el éxito que ha tenido con sus libros. He aquí un breve fragmento de una sesión de diálogo de voces con la niña mágica de una ejecutiva de cuarenta años de edad:

A los niños obedientes se les obligó a menudo a desempeñar el papel de adultos desde muy pronto. Suelen ser los hermanos mayores y tuvieron enseguida que asumir responsabilidades. El puesto del rebelde solía estar ocupado por un hermano o una hermana. A veces, uno de los padres sufría también una enfermedad o problemas de alcoholismo. Ser obediente acarreaba consigo muchas ventajas. Y por dicho motivo esa excesiva capacidad de adaptación siguió luego aplicándose de buen grado en la vida adulta. Las personas se convierten gracias a ella en buenos compañeros, que siempre están en su puesto cuando alguien necesita ayuda o lo más cómodo es intervenir.

  1. El primero de la clase

Este niño es un niño modelo y suele exhibírsele con agrado en las fiestas familiares. Yo misma fui uno de esos niños. Cuando había visita, tenía que tocar el piano delante de todos. Mis buenas notas en la escuela eran alabadas en presencia de todos mis tíos y tías. Eso me llenaba de orgullo, y yo hice todo lo que pude para que la fuente de la escasa atención que recibía no se secase. Mi perfeccionismo supuso para mí una enorme presión. Como es obvio, durante muchos años fui la primera de la clase, y todavía hoy recuerdo muy bien esas épocas en que me levantaba por la mañana con miedo, temerosa de llevar por primera vez a casa

una calificación inferior a un sobresaliente. Mi madre, incapaz de entenderme, me enviaba a la escuela cargada con mi pesada mochila, diciéndome: “¡Ya verás cómo lo consigues! ¡No hay ninguna razón para tener miedo!”.

Como es natural, mi adaptación era perfecta y ni en sueños se me habría pasado por la cabeza replicar. Tenía, además, demasiado miedo a recibir una tunda como las que habitualmente propinaba mi padre a mis hermanos. Después de haberlos visto una vez castigados a estar de rodillas durante horas sobre un taco de madera, y haber llorado con ellos, me juré que a mí nunca me pasaría lo mismo. Mis necesidades aprendí a ocultarlas muy bien: había que hacerlas a un lado en beneficio de las de los demás. Por supuesto, nadie tuvo que ayudarme jamás a hacer los deberes. Sentimientos como ira, miedo, tristeza u obstinación era capaz de disimularlos perfectamente. Para no ser una carga para mis padres, que tenían que criar cinco hijos, me hice muy pronto mayor e independiente. Años después, este modelo de conducta se convertiría para mí poco menos que en una maldición, Tan grande fue el volumen de trabajo que eché sobre mis espaldas, que me puse enferma.

  1. El niño vulnerable

El niño vulnerable es nuestro núcleo más íntimo y la parte que más a menudo reprimimos en nuestra vida adulta. ¿Quién querría ser vulnerable en una sociedad que reclama de nosotros

racionalidad, rendimiento y fortaleza? Como se ha mencionado ya, nuestra dilatada y total dependencia de personas de referencia adultas nos hace muy vulnerables. Un niño no puede nunca satisfacer por sí solo sus necesidades. Su vida depende para bien o para mal de la atención que reciba de los adultos. Y si nuestros padres o personas de referencia albergan también ellos mismos dentro de su seno un niño vulnerable, su propia indigencia les impedirá advertir las necesidades de sus hijos y satisfacerlas.

Estemos o no en contacto con él, el niño vulnerable está más presente en nuestra vida de lo que a veces nos gustaría. Puede sabotear nuestras relaciones, impedir que triunfemos en nuestra profesión y causarnos problemas de salud. El niño vulnerable es una criatura delicada. Le gustan los sonidos suaves. Puede asustarse con mucha facilidad, y tiene mucho miedo a no ser tenido en cuenta. En última instancia, es su supervivencia lo que está en juego. Pero cuando se le acepta, puede enriquecer enormemente nuestra vida, pues intuye con gran exactitud qué personas y qué cosas son buenas o malas para nosotros. Sabe crear situaciones de intimidad y establecer lazos.

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