5 maneras de medir el éxito de la psicoterapia

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Evaluar el éxito de un tratamiento no siempre es tan fácil como puede pensarse. La estimación de la mejoría de un paciente suele depender de alguna de las siguientes fuentes de información: (1) la impresión subjetiva de que se ha producido un cambio, (2) el reconocimiento por parte del paciente de que se ha producido un cambio, (3) los informes procedentes de la familia o amigos del paciente, (4) la comparación de puntuaciones anteriores y posteriores al tratamiento, en una serie de tests de personalidad o de otros instrumentos diseñados para medir facetas relevantes del funcionamiento psicológico, y (5) medidas del cambio en una serie de conductas explícitas. Por desgracia, cada una de esas fuentes de confirmación tiene sus limitaciones específicas.

Un terapeuta probablemente no sea el más indicado para juzgar el progreso de un paciente, debido a que al fin y al cabo no es más que un ser humano que tiende a resaltar sus aciertos y a olvidar sus errores. Por otra parte, lo más probable es que el terapeuta sólo disponga de una muestra muy reducida de conductas (las que exhibe el paciente durante la terapia), a partir de las que hacer su evaluación del cambio. De hecho, a veces los terapeutas pueden llegar a inflar las tasas de éxito, al aconsejar a los pacientes más obstinados abandonar el tratamiento. El problema de los abandonos suele complicar las investigaciones sobre la eficacia de un tratamiento.

A veces se ha recurrido a una evaluación por un observador independiente, que puede resultar más objetiva que las que puedan realizar tanto el paciente como el terapeuta. Otra medida objetiva que suele utilizarse son los tests psicológicos. Lo que suele hacerse es pedir al paciente que realice una batería de tests antes y después de la terapia, de manera que se asume que cualquier eventual diferencia se deberá a la terapia.

¿Puede resultar perjudicial la psicoterapia?

El resultado de la psicoterapia no siempre es neutro o positivo. Algunos pacientes pueden resultar perjudicados tras su encuentro con el psicoterapeuta. Según una estimación, en el diez por ciento de los casos la terapia lo único que hace es empeorar el estado del paciente.

Algunos de esos casos pueden ser explicados por rupturas de la alianza terapéutica, algo a lo que Binder y Strupp en el año 1997 denominaron «procesos negativos», en los que paciente y terapeuta se embarcan en una espiral de oposición. Otras veces puede deberse a la presencia casual de una serie de factores (por ejemplo la incompatibilidad de la personalidad del terapeuta y del paciente). Algunos terapeutas, probablemente debido a su propia personalidad, no se llevan bien con cierto tipo de pacientes. A la vista de estos factores intangibles,  es responsabilidad del terapeuta (1) supervisar su propio trabajo con sus pacientes para intentar descubrir este tipo de deficiencias, y (2) remitir a otros terapeutas aquellos pacientes con quienes no se lleven demasiado bien.

Referencia: James N. Butcher; Susan Mineka; Jill M. Hooley. “Psicología clínica” 12.a edición. Editorial Pearson Educación, S.A., Madrid, 2007. Pág. 567

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