Alfred Binet – La Psicologia del Razonamiento

Alfred Binet - La Psicologia del Razonamiento

Definición de la percepción
Ya se sabe las modificaciones profundas que ha sufrido, hace algunos años, la teoría de la prueba, establecida por Aristóteles y considerada durante dos mil años como una verdad indiscutible. ¿Qué es una prueba, según los lógicos antiguos? Un silogismo; es decir, un grupo de tres proposiciones, en que la primera es general. En el silogismo: «Todos los hombres son mortales; Pablo es hombre, luego Pablo es mortal»; la conclusión particular de que Pablo, que vive actualmente, está sometido a la muerte, se prueba por la mayor «todos los hombres son mortales», porque está contenida en la mayor. Este es el nervio de la prueba: el caso particular se considera probado cuando está contenido en el caso general, como un círculo pequeño en otro círculo mayor, y, por consiguiente, el razonamiento es falso siempre que la conclusión no esté contenida en las premisas. Stuart Mill ha sido el primero que demostró que si fuese realmente así, si la conclusión estuviese contenida en las premisas, el razonamiento no serviría para nada, no enseñaría nada; no sería un instrumento de descubrimiento, sino una repetición, bajo otra forma, de un conocimiento ya adquirido, es decir, «una solemne futileza». La única operación útil consiste en relacionar un hecho con un segundo hecho no contenido en el primero.

Sin embargo, se admite que el razonamiento nos suministra todos los días el conocimiento de verdades nuevas. Aprendemos una verdad nueva cuando descubrimos que Pablo es mortal, y la descubrimos por virtud del razonamiento, pues viviendo Pablo todavía, no hemos podido aprenderla por la observación directa. Así, Stuart Mill ha reemplazado la teoría escolástica y puramente nominal de la prueba, por otra teoría, enteramente positiva. Le ha bastado observar que la mayoría del silogismo peripatético no es una proposición general, o por lo menos, que la proposición general no es la prueba de la conclusión. Si tenemos derecho a afirmar que Pablo es mortal, es porque Juan, Tomás y Compañía han muerto; es porque todos los antepasados de Pablo y todos sus contemporáneos han muerto. Estos hechos numerosos, pero siempre particulares, son las verdaderas premisas del razonamiento, las verdaderas pruebas de la conclusión; de modo que la conclusión no está contenida en las premisas; es distinta de ellas; las agrega alguna cosa.
Esta concepción tan justa, tan sencilla, tan natural, explica cómo el razonamiento constituye un desarrollo del conocimiento pues toda inferencia va de lo particular a lo particular, y añade así hechos nuevos no observados a los hechos ya conocidos. Pero este punto de vista ha hecho surgir un problema que todavía no se había planteado y que hasta ahora ha quedado sin solución. ¿Cómo puede un hecho particular probar otro hecho particular? La antigua teoría del silogismo tenía el mérito de hacer comprender, aunque por una comparación burda, de qué manera se demostraba la conclusión. Se demostraba porque estaba contenida en una verdad más general, por un fenómeno análogo al contenido de los gérmenes, y todo el esfuerzo del espíritu al razonar tendía a sacar, a hacer salir, a extraer estas conclusiones de las premisas en que estaban contenidas como en grandes cajas. Pero desde el momento en que hay que dejar de considerar los términos contenido; unos en otros y en que los círculos de Euler no representan ya las operaciones del espíritu, es necesario encontrar una nueva teoría de la demostración.

Hemos pensado que se llegaría quizá a resolver este problema estudiando el razonamiento en una de sus formas que es más accesible que cualquier otra al método experimental la percepción de los objetos exteriores.

El razonamiento de la percepción exterior pertenece a la clase de los razonamientos inconscientes.
Pero concedemos poca importancia a este carácter, porque no hay, en realidad, más que un modo de razonar, y el estudio del razonamiento inconsciente nos conducirá a conclusiones que se aplican a todas las especies de razonamiento. Estas conclusiones son: que el elemento fundamental del espíritu es la imagen; que el razonamiento es una organización de imágenes, determinado sólo por las propiedades de las imágenes, y que, finalmente, basta que éstas se pongan en presencia para que se organicen y surja el razonamiento con la fatalidad de un reflejo. Con objeto de sacar a plena luz esta conclusión general, dejaremos a un lado sistemáticamente todos los desarrollos accesorios cuyos motivos abundan en un asunto como el nuestro.
La palabra percepción es bastante vaga. Los médicos confunden, en general, la percepción con la sensación; dicen que un enfermo ha perdido la percepción del rojo o del azul, queriendo hablar de las sensaciones de estos colores. Hume llamaba percepción a todos los estados de conciencia. En nuestros días, ciertos psicólogos entre otros M. Janet, definen la percepción como el acto por el cual el espíritu distingue e identifica sensaciones. En este libro aceptaremos la definición de los psicólogos ingleses, y designaremos por percepción el acto que se verifica cuando nuestro espíritu entra en relación con los objetos exteriores y presentes.

Para el sentido común, la percepción es un acto sencillo, un estado pasivo, una especie de receptividad. Percibir un objeto exterior, por ejemplo, la mano, es sencillamente tener conciencia de las sensaciones que produce el objeto en nuestros órganos. Sin embargo, algunos ejemplos bastarán para demostrar que en toda percepción el espíritu se agrega constantemente a las impresiones de los sentidos. Todo el mundo sabe que entendemos claramente la letra de un canto conocido, mientras que con frecuencia no distinguimos la de otro desconocido, aun cuando los dos cantos sean de la misma voz, cosa que prueba bien lo que contribuye el espíritu. En lugar de buscar ejemplos, se pueden crear pruebas. Wundt y sus alumnos han hecho algunos experimentos con este motivo. Si ilumina un dibujo desconocido un grabado, por una serie de chispas eléctricas, y se observa que la percepción de ese dibujo, muy confusa a las primeras chispas, se hace cada vez más clara, la impresión producida sobre la retina es, sin embargo, la misma en todas las chispas; pero cada vez la percepción se completa, se precisa, gracias al recuerdo formado en el espíritu por las percepciones anteriores.

Se podrían añadir algunos otros ejemplos, sacados de la percepción del espacio, cuya naturaleza compleja y derivada conocemos desde Berkeley.

La percepción es, pues, un estado mixto, un fenómeno cerebro-sensorial formado por una acción sobre los sentidos y una reacción del cerebro. Se puede comparar con un reflejo, cuyo período centrífugo, en lugar de manifestarse al exterior por movimientos, se gastase en el interior, despertando asociaciones de ideas. La descarga sigue un canal mental en lugar de seguir un canal motor.

Pero la psicología exige más precisión. No basta decir que en toda percepción hay sensaciones, y algo más que el espíritu agrega a las sensaciones. ¿Cuál es la naturaleza de este suplemento? Nada responde mejor a esta pregunta que el estudio de las ilusiones de los sentidos. Se sabe hoy día que, en las ilusiones de los sentidos, el error no es imputable al órgano sensitivo, como creían los antiguos, sino al espíritu. La ilusión es un fenómeno mixto, compuesto, como la percepción sensorial de que es una imitación, por el concurso de los sentidos y del espíritu; las impresiones de los sentidos son siempre lo que deben ser, dada la naturaleza del excitante exterior y el estado del órgano sensitivo.

En el concurso del espíritu, en la interpretación de las sensaciones es donde radica el error. Ahora bien; el examen de algunas ilusiones bastará para mostrar en qué consiste este concurso del espíritu, y qué es lo que hay que entender por una interpretación de las sensaciones. Uno de mis amigos, hoy profesor de Facultad, me ha contado esta historia de su juventud: Una noche que viajaba solo, a pie, por una región poblada de grandes bosques, vio en un claro una gran hoguera. Después, inmediatamente después, alrededor de este fuego, vio un campamento de gitanos. Allí estaban, con su cara bronceada, tendidos en tierra y haciendo cocer el puchero. La noche era obscura y el sitio muy aislado. Nuestro joven perdió la cabeza, y, esgrimiendo el bastón que llevaba en la mano, se precipitó con furor en el campo de los bohemios. Un instante después se encontraba en medio de un pantano, apretando convulsivamente entre sus brazos un tronco de árbol y sintiendo la frescura del agua que le subía hasta media pierna. Vio entonces un fuego fatuo que revoloteaba por la superficie del pantano; este punto brillante había sido el punto de partida de su ilusión sensorial.

A otro de mis amigos, el Dr. G. A., debo el relato siguiente: Un día que subía por la calle de Monsieur-le-Prince, en París, creyó leer en la vidriera de un restaurant las dos palabras: «verbascum thapsus». Ya se sabe que este es el nombre científico de una escrofularínea de nuestro país, que se llama vulgarmente bouvillon blanc (cocido blanco) en francés, gordolobo en español. Mi amigo había pasado los días anteriores preparando un examen de historia natural; su memoria estaba todavía recargada con todos los nombres latinos que hacen tan fastidioso el estudio de la botánica. Sorprendido por la inscripción que acababa de ver, volvió sobre sus pasos para cerciorarse de su exactitud, y, entonces vio que el rótulo del restaurant sólo tenía la palabra cocido. Esta palabra había sugerido en su espíritu la de cocido blanco que, a su vez, había sugerido la de verbascum thapsus.

Estos son dos ejemplos tópicos. Nos enseñan de qué clase es el elemento que el espíritu agrega a la sensación en la percepción de los objetos exteriores. Este elemento se debe parecer extraordinariamente a las sensaciones, puesto que no se le distingue de ellas. El joven que atraviesa un bosque, cree realmente ver ante él una cuadrilla de gitanos; toda esta fantasmagoría sale de un cerebro a quien hace delirar el miedo; es un fenómeno psíquico que, cualquiera que sea su naturaleza, está muy cerca de la sensación, puesto que hace el oficio de ella. Igualmente el Dr. A. cree ver escritas en la puerta de un restaurant palabras que sólo existen en su espíritu; para que esta confusión sea posible, es necesario una vez más que el espíritu tenga el poder de producir, de fabricar y de exteriorizar ciertos simulacros que se parecen a las sensaciones de un modo notable.

Estas pseudo-sensaciones han atraído la atención especial de los psicólogos desde hace algunos años. En Alemania se las llama representaciones. En Francia, el término que ha prevalecido es el de imágenes; de este es del que nos serviremos.

El final de esta pequeña introducción será una definición de la percepción sensorial. La percepción es el proceso mediante el cual el espíritu completa una impresión de los sentidos, con un acompañamiento de imágenes.

Comenzaremos por estudiar las imágenes. Su papel es de los más importantes; en muchos casos borran casi completamente la conciencia de las sensaciones que les han dado origen; esto es lo que ha
permitido a Helmholtz comparar la percepción de los objetos exteriores con una interpretación de signos. Los signos son las sensaciones; nuestro espíritu no les concede más que la atención justa para sacar su sentido. La percepción del mundo exterior es como la lectura de un libro; preocupado por el sentido, se olvidan los caracteres escritos inmediatamente después de haberlos visto. Muchos ejemplos interesantes dan fe de esta indiferencia por las sensaciones. Ordinariamente vemos los árboles y los bosques lejanos de un color verde, y las líneas de montañas de un color gris azulado; el gris azulado es para nosotros el color de lo lejos. Pero si cambiando las condiciones de la observación miramos el paisaje por debajo de los brazos o por entre las piernas, en seguida los colores pierden sus relaciones con las distancias de los objetos, aparecen puras, con sus matices verdaderos. Entonces reconocemos que el gris azulado de lo lejos es con frecuencia un violeta bastante saturado; que el verde de la vegetación se transforma insensiblemente en este violeta, pasando por el verde azulado, y así sucesivamente (Helmholtz). La diferencia proviene de que, en estas condiciones, las sensaciones se aprecian en sí mismas y no como signos, que sólo tienen importancia por las imágenes que suscitan.

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