Educación Sexual en niños



educacion sexual para niños

Sinopsis:

Sabemos si alguien es de un sexo u otro por su cuerpo. No sólo por sus genitales u otro tipo de signo externo. Las células de los cuerpos femeninos tienen cromosomas XX (a excepción de las reproductoras que son sólo X) y las de los cuerpos masculinos tienen cromosomas XY (a excepción de las reproductoras, que son sólo X o sólo Y). O sea, unos labios, unos hombros o unas rodillas, son
labios, hombros o rodillas de hombre o de mujer.

El sexo, ser hombre o ser mujer, es un significante al que se le puede dar infinitos significados. Hombres y mujeres podemos hacer cosas diversas sin que por ello dejemos de pertenecer a nuestro sexo. Hay, por tanto, infinitas maneras de ser de uno y de otro sexo. Cada momento histórico y cada contexto cultural han creado significados diversos para la masculinidad y para la feminidad. Unas veces, estos significados han permitido una mayor libertad, otras veces, en cambio, han supuesto una mayor restricción. Las actitudes, tareas, formas de vestir o juegos que se consideran propios o impropios para uno u otro sexo han ido variando a lo largo de la historia. Por ejemplo: hace apenas un siglo, ejercer determinadas profesiones o pasear sola por la calle eran actividades vetadas para las mujeres y, sin embargo, hoy en día son realizadas por ellas de forma habitual.

Cuando una mujer o un hombre muestra sus deseos de realizar algo que, en un momento dado de la historia, se considera inapropiado o, en el mejor de los casos, extravagante para su sexo, abre la posibilidad de erradicar esa restricción. Por ejemplo, el deseo de estudiar por parte de algunas mujeres posibilitó que, en la actualidad, los centros educativos estén abiertos para ellas, que su participación
en los mismos sea incuestionable y que su presencia sea mayoritaria en las universidades de nuestro país.

Ser de un sexo u otro tiene que ver, por tanto, con el cuerpo y no con las actitudes o actividades que un ser humano desarrolla. Un niño que juega a ‘las casitas’ es tan niño como otro al que le gusta más jugar al fútbol. Una niña que a menudo usa pantalones es tan niña como otra a la que le encantan las faldas y los adornos. Ni este niño está desarrollando su parte femenina ni esta niña su parte masculina, simplemente asumen como propio lo que, desde el patriarcado, se ha dicho que
no compete a su sexo.

Cuando una niña o un niño reconocen y expresan su propio deseo, cuando buscan el modo de llevarlo a cabo en el contexto histórico, cultural y/o familiar que les toca vivir, están dando significados propios a su sexo sin dejarse llevar por caricaturas impuestas. Sólo así es posible estar a gusto en el propio cuerpo, en el propio sexo, en la propia piel.

Diferencia sexual

La experiencia de vivir en un cuerpo femenino o en un cuerpo masculino y el sentido que cada cual da a esta experiencia, es lo que denominamos diferencia sexual. La diferencia sexual no es lo mismo que el género, o sea, no es lo mismo que los estereotipos que las sociedades patriarcales han caracterizado como lo masculino o lo femenino.

En una clase de 6º de primaria, una educadora propuso a las niñas y a los niños que contestaran a la siguiente pregunta: ¿Qué diferencias existen entre niñas y niños? Trabajaron la respuesta en pequeños grupos. En la puesta en común, ellos y ellas expresaron que, además de las diferencias físicas, existían otras diferencias. Dijeron, entre otras cosas, que las niñas suelen ser más estudiosas,
cariñosas y hablanchinas, mientras que los niños suelen ser más pegones, divertidos y revoltosos.

Dijeron también que es raro que a un niño le guste jugar a los juegos de ‘niñas’ y viceversa, aunque a veces esto sí ocurría. La educadora tomó nota en la pizarra de todo. Luego, poco a poco, tachó todos los calificativos que no tenían que ver directamente con el cuerpo y les planteó que la única diferencia real es la física, mientras que las otras son meras construcciones culturales. Y de este modo, niñas y niños vieron como esta mujer iba tachando todas sus reflexiones, dejándoles sólo con el sexo.

Con esta dinámica, ella les expresó que lo construido culturalmente no es real. Y con esta reflexión, dejó a las criaturas ‘desnudas’, sólo con su cuerpo, sin recursos, palabras, referentes para pensar sobre qué sentido están dando a su sexo y qué sentido quieren dar al mismo. Esto sucedió así porque, en su planteamiento, había un problema epistemológico: ella pensaba que cultura es
sinónimo de constricción, sexismo, género; obviando el hecho de que ser humano o humana es ser alguien que necesita de la cultura para pensar, ser y vivir.

Nuestra cultura no es un todo compacto. Por ejemplo, si hoy en día, tantas personas cuestionan el machismo, es porque ya existen referentes de libertad en la propia cultura para hacerlo.

Asimismo, la cultura nos condiciona, pero no nos determina totalmente. Cada persona puede llegar a sentir, a pensar, a preguntarse o a desear cosas nuevas, cosas no reconocidas ni aceptadas socialmente. Y desde ahí, con los ‘mimbres’ que le da la cultura, puede crear ‘cestas nuevas’, puede abrir nuevos espacios en la propia cultura.

Por todo ello, hubiera sido más interesante preguntar a estas niñas y a estos niños cuestiones como ‘¿Todas las niñas son realmente cariñosas? ¿Todas las niñas son iguales entre sí?’, ‘¿Todos los niños son realmente revoltosos? ¿Todos los niños son iguales entre sí?’, ‘¿Las niñas que son cariñosas, lo son porque les han dicho que tienen que ser así, o porque han descubierto, al ver a otras que también lo son, que esta es una buena manera de ser?’, ‘¿Qué les pasa a los niños que no les gusta pegar? ¿Todos los niños que pegan lo hacen porque quieren?’

Y así, ellas y ellos podrían haber empezado a descubrir la diferencia entre modelo y referente. Un modelo es un molde o un estereotipo a imitar mientras que un referente es una manera de ser o de estar de la que podemos aprender. Los modelos moldean y constriñen la posibilidad para preguntarse quién y cómo queremos ser, mientras que los referentes permiten que encontremos herramientas para contestar a estas preguntas.

La propia educadora, en el transcurso de su trabajo, comprendió que no les podía tachar todo lo que no fuera cuerpo porque sin cultura, sin referentes, no es posible que una niña o un niño encuentren su centro y expresen su singularidad, no es posible que den un sentido libre a su diferencia sexual.

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