Lecciones de Sociologia


Sinopsis:

Hemos estudiado sucesivamente las reglas morales y jurídicas que se aplican a las relaciones del individuo consigo mismo, con el grupo familiar, con el grupo profesional. Hemos de estudiarlas ahora en las relaciones que el individuo mantiene con otro grupo, más extenso que los precedentes, el más extenso de todos los constituidos actualmente, a saber, el grupo político. El conjunto de las reglas sancionadas que determinan lo que deben ser estas relaciones forma lo que se llama la moral cívica.

Pero antes de comenzar el estudio, es importante definir lo que se debe entender por sociedad política. Un elemento esencial que entra en la noción de todo grupo político es la oposición de gobernantes y gobernados, de las autoridades y de aquellos que quedan sometidos a ella. Es muy posible que en el origen de la evolución social, esta distinción no haya existido; la hipótesis es tanto más verosímil cuanto encontramos sociedades en las que dicha distinción está muy débilmente señalada. Pero, en todo caso, las sociedades donde se la observa, no pueden ser confundidas con aquellas donde hace falta. Unas y otras constituyen dos especies diferentes que deben ser designadas mediante palabras distintas, y es a las primeras a las cuales debe reservarse la calificación de políticas. Pues si esta expresión tiene un sentido, quiere decir, ante todo, organización, aunque rudimentaria, constitución de un poder, estable o intermitente, débil o fuerte, cuya acción, cualquiera que sea, sufren los individuos.

Pero un poder de este tipo se encuentra en otra parte también, y no sólo en las sociedades políticas. La familia tiene un jefe cuyos poderes son a veces absolutos, otras restringidos por los de un consejo doméstico. Se ha comparado frecuentemente la familia patriarcal de los romanos a un pequeño Estado, y si, como veremos más adelante, la expresión no está justificada, será difícil de aprehender si la sociedad política se caracterizaba únicamente por la presencia de una organización gubernamental. Es, pues, necesaria otra característica. Se ha creído encontrarla en las relaciones particularmente estrechas que vinculan toda sociedad política al lugar que ocupa. Hay, se dice, una relación permanente entre toda nación y un territorio dado. “El Estado, dice Bluntschli, debe tener su dominio; la nación exige el país.”

Pero la familia no está menos ligada, al menos en un gran número de pueblos, a una porción determinada de suelo: también ella tiene su dominio, del cual es inseparable, porque éste es inalienable. Hemos visto claramente que, a veces, el patrimonio inmobiliario era verdaderamente el alma de la familia; es esto lo que hace la unidad y la perennidad de la misma; éste era el centro alrededor del cual gravitaba la vida doméstica. En ninguna parte el territorio político desempeña papel más considerable en las sociedades políticas. Agreguemos, por otra parte, que esta importancia capital unida al territorio nacional es de fecha relativamente reciente.

En principio, parece muy arbitrario negar todo carácter político a las grandes sociedades nómades cuya organización es a veces muy sabia. Por otra parte, en otras ocasiones, se consideraba el número de ciudadanos, y no el territorio, como elemento esencial de los Estados. Anexarse un Estado no era anexarse el país, sino a los habitantes que lo ocupaban, incorporándoselos. Inversamente, se veía a los vencedores establecerse entre los vencidos, sobre sus dominios, sin perder por esto su unidad y su personalidad política. Durante los primeros tiempos de nuestra historia, la capital, es decir el centro de gravedad territorial de la sociedad, era de movilidad extrema. No hace mucho tiempo que los pueblos se convirtieron hasta este punto en solidarios con su medio, de lo que se podría llamar su expresión geográfica. Actualmente, Francia no es sólo una masa de individuos que hablan tal lengua, que observan tal derecho, etc…: es esencialmente tal porción determinada de Europa.

Aunque todos los alsacianos, en 1870, hubieran optado por la nacionalidad francesa, habría habido que considerar a Francia como mutilada o disminuida por el solo hecho de que se hubiera abandonado a una potencia extranjera una parte determinada de su suelo. Pero esta identificación de la sociedad con su territorio no es producto sino de las sociedades más avanzadas. Sin duda se debe a causas numerosas, al valor social más alto que tiene el suelo, quizá también la importancia relativamente grande que el lazo geográfico ha adquirido, cuando otros vínculos sociales, de tipo más moral, han perdido su fuerza. La sociedad cuyos miembros somos, es, cada vez más para nosotros, un territorio definido, desde que la misma no es más esencialmente una religión, un cuerpo de tradiciones que le son propias, o el culto de una dinastía particular.

Descartado el territorio, parece que se puede encontrar una característica de la sociedad política en la importancia numérica de la población. Es cierto que en general no se da este nombre a grupos sociales que comprende un número muy reducido de individuos. Pero tal línea de demarcación sería singularmente vacilante, pues, ¿a partir de qué momento una aglomeración humana es tan considerable como para ser clasificada entro los grupos políticos? Según Rousseau, bastaba con diez mil hombres;
Bluntschli juzga esta cifra muy pequeña. Ambas estimaciones son igualmente arbitrarias. Un departamento francés contiene a veces más habitantes que varias ciudades de Grecia o de Italia. Cada una de estas ciudades constituyen sin embargo un Estado, mientras que un departamento no tienen derecho a esta denominación.
No obstante, tocamos aquí un rasgo distintivo. Sin duda, no se puede decir que una sociedad política se distinga de los grupos familiares o profesionales porque es más numerosa, pues el efectivo de las familias puede ser considerable, en ciertos casos, y el efectivo de los Estados muy reducido. Pero lo que es verdad es que no hay sociedad política que no contenga en su seno una pluralidad de familias distintas o de grupos profesionales distintos, o unos y otros a la vez. Si se redujera a una sociedad doméstica, se confundiría con ésta, y sería una sociedad doméstica; pero desde el momento en que está formada por un cierto número de sociedades domésticas, el agregado formado de esta manera es otra cosa distinta a cada uno de sus elementos. Es algo nuevo, que debe ser designado por una palabra distinta. Así, la sociedad política no se confunde con ningún grupo profesional, con ninguna casta, si
hay casta, sino que es siempre un conjunto de profesiones diversas o de castas diversas, como de familias diferentes. Más generalmente, cuando una sociedad está formada por una reunión de grupos secundarios, de naturaleza diferente, sin ser ella misma un grupo secundario relacionado a una sociedad más vasta, constituye una entidad social de una especie distinta: la sociedad política que definiremos:

una sociedad formada por la reunión de un número más o menos considerable de grupos sociales secundarios, sometidos a una misma autoridad, que no depende de ninguna autoridad superior regularmente constituida. Así, y el hecho merece ser observado, las sociedades políticas se caracterizan en parte por la existencia de grupos secundarios. Ya Montesquieu notaba esto cuando decía de la forma social que le parecía la más altamente organizada, la monarquía, que implicaba: “poderes intermedios, subordinados y dependientes”. Se ve la importancia de los grupos secundarios de los cuales hemos hablado hasta el presente. Éstos no son sólo necesarios para la administración de los intereses particulares, domésticos, profesionales, que envuelven y que son su razón de ser; son también la condición
fundamental de toda organización más elevada. Por grande que sea el antagonismo que tengan con este grupo social que está encargado de la autoridad soberana, y que se llama más especialmente Estado, éste supone su existencia, no existe más que donde aquellos existen. Nada de grupos secundarios, nada de autoridad política, o, al menos, nada de autoridad que pueda, sin impropiedad, ser llamada con este nombre. De donde viene este solidaridad que une a estos dos tipos de agrupamientos, es lo que
veremos más tarde. Por ahora, nos basta con verificarla.

Es verdad que esta definición va contra una teoría, durante mucho tiempo clásica; es aquella a la cual Summer Maine y Fustel de Coulanges han ligado su nombre. Según estos sabios, la sociedad elemental de la cual provendrían las sociedades más completas sería un grupo familiar extenso, formado por todos los individuos unidos por vínculos sanguíneos o los de adopción, y colocados bajo la dirección del más antiguo ascendiente varón, el patriarca. Ésta es la teoría patriarcal. Si ésta fuera verdadera, encontraríamos en el principio una autoridad constituida, de todo punto de vista análoga a la que encontramos en los Estados más complejos, que sería, por consecuencia, verdaderamente política, mientras que sin embargo la sociedad de la cual es la clave es una y simple, no está compuesta de ninguna sociedad menor. La autoridad suprema de las ciudades, de los reinos, de las naciones que se forman más tarde no tendría ningún carácter original y específico; sería una derivación de la autoridad patriarcal sobre el modelo de la cual se habría formado. Las sociedades llamadas políticas no serían más que familias agrandadas.

Pero esta teoría patriarcal no es sostenible actualmente; es una hipótesis que no reposa sobre ningún hecho directamente observado y que desmiente una cantidad de hechos conocidos. Nunca se ha observado la familia patriarcal tal como la describieron Summer Maine y Fustel de Coulanges. Nunca se ha visto un grupo formado por individuos ligados por la consanguineidad, y viviendo en estado de autonomía bajo la dirección de un jefe más o menos poderoso. Todo grupo familiar conocido, que
presente un mínimo de organización, que reconozca alguna autoridad definida, forma parte de una sociedad más vasta. Lo que define al clan es que es un división política al mismo tiempo que familiar de un conjunto social mayor. Pero, se dirá, ¿en el principio? En el principio, es legítimo suponer que existieron sociedades simples que no contenían en sí ninguna sociedad más simple; la lógica y las
analogías nos obligan a hacer la hipótesis, confirmada por ciertos hechos. Pero, por el contrario, nada autoriza a creer que tales sociedades estuvieran sometidas a una sociedad cualquiera. Y lo que debe hacer rechazar esta suposición como totalmente inverosímil, es que cuanto más independientes son los clanes de una tribu, unos de otros, más tiende cada uno de ellos hacia la autonomía, más también todo lo que se parece a una autoridad, a un poder gubernamental cualquiera, falta allí. Son masas casi completamente amorfas, cuyos miembros se encuentran en el mismo plano. La organización de grupos parciales, clanes, familias, etc….. no precedió, pues, a la organización del conjunto total que resultó de su reunión. De donde no se puede concluir tampoco que, por el contrario, la primera nazca de la segunda. La verdad es que éstas son solidarias, como decíamos antes, y se condicionan la una a la otra.
Las partes no se organizaron primero para formar un todo organizado luego a su imagen, sino que el todo y las partes se organizaron al mismo tiempo. Otra consecuencia de lo que precede es que las sociedades políticas implican la existencia de una autoridad, y como esta autoridad no aparece sino allí donde las sociedades comprenden en sí mismas una pluralidad de sociedades elementales, las
sociedades políticas son, necesariamente, policelulares o polisegmentares. Esto no quiere decir que nunca hubo sociedades compuestas de un solo y único segmento, sino que éstas constituyen otra especie, no son políticas.

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