El niño y sus etapas de desarrollo

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Los escritores puritanos no dejaron descripciones bien definidas acerca de los niveles de desarrollo por los que el niño transita en su etapa de crecimiento. Sin embargo, si consideramos el modo como trataban a los niños en sus diferentes niveles de desarrollo y si analizamos sus expectativas, se pueden proponer cuatro etapas representativas de dichos niveles.

 El niño y sus etapas de desarrollo

  1. Infancia: desde el nacimiento hasta un año y medio o dos años. En este tiempo el bebé depende de sus padres para satisfacer sus necesidades físicas. Es la etapa en que debe ser bautizado y bendecido.
  2. Niñez temprana: de dos a cinco o siete años. En esta época el niño empieza a movilizarse y aprende a comunicarse de una manera básica. Durante este tiempo, el niño inicia sus conocimientos de la doctrina cristiana, especialmente acerca de sus deberes y los peligros de una vida de pecado.
  3. Niñez tardía: de cinco o siete años a 11 o 14. En esta etapa el niño se compromete con los deberes de su hogar y asiste a la escuela, si es posible. Las habilidades más importantes por aprender son la lectura, la escritura y las matemáticas. Se establecen los roles sexuales. La enseñanza de la Biblia es en este periodo sumamente importante. Durante estos años, las facultades como el sentido común y la imaginación son muy débiles, mientras que la memoria empieza a trabajar y la razón a madurar.
  4. Juventud: de 11 o Mañosa 18 o 21 años, o al lograr el individuo su independencia económica. Esta es también llamada la edad de la razón, por las facultades de comprensión que son ya relativamente maduras para considerar al adolescente un ser responsable. En esta edad, los jóvenes que tenían vocación religiosa se unían a la iglesia, ya que sus facultades del alma se encontraban totalmente desarrolladas, y se les exigía la memorización de principios teológicos.

La importancia de la instrucción, desde el punto de vista de los puritanos, radicaba en la dependencia de los niños hacia ella para combatir su debilidad innata, así como en la prontitud de la misma, pues consideraban que tanto el mal como la ignorancia podían sobreponerse a una educación tardía. Por lo tanto, para combatir la influencia de Satanás sobre el niño, los padres pedían que fuera educado tan pronto como empezara a entender algo. Los puritanos aceptaban que el niño tenía capacidades limitadas para el aprendizaje, por lo que sus líderes sugerían que la instrucción fuera dada gota a gota.

Para enseñar al niño a combatir sus malas inclinaciones, era necesario que los padres y maestros generaran una gran motivación que culminara en asumir disciplina y tener una vida creativa. A los niños puritanos no se les orientaba hacia una vida de buena conducta ofreciéndoles premios o recompensas, sino que se les amenazaba para que tuvieran miedo a la mala conducta, con el castigo del fuego del infierno después de la muerte.

En resumen, el propósito de la enseñanza era liberar a los niños de sus malas inclinaciones y llevarlos hacia el camino de Dios, por medio de información y consejos relacionados con relatos bíblicos y versículos, que contenían lecciones de moral, y la enseñanza de la lectura para que pudieran descubrir por ellos mismos la verdad en la Biblia. La motivación para lograr este aprendizaje era animarlos dándoles características de la eternidad en el infierno, prometiéndoles también la oportunidad de la salvación por el camino de la vida cristiana, y, por último, seguir en este camino aunque fuera necesario recurrir a una serie de azotes.

Referencia: Cueii José. “Teorías de la personalidad” 3a ed. Editorial Trillas,  1990 (reimp. 2008). México. Pág. 17

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