Niños maltratados por su propia familia

Niños maltratados

La mayoría de los niños maltratados padecen deprivación familiar y no han sido separados de sus padres. Sin embargo, siguen siendo maltratados en el hogar. En muchas familias los padres tienden a ignorar y rechazar a sus hijos. Sólo en los Estados Unidos hay aproximadamente dos millones de denuncias de abusos cada año, y más o menos la mitad se confirman como auténticas. El rechazo de los padres hacia su hijo puede adoptar diferentes formas: abandono físico, negación del amor y el afecto, carencia de interés en sus actividades y logros, no pasar tiempo con el niño y falta de respeto por sus derechos y sentimientos. En una minoría de los casos, también hay un trato cruel de carácter emocional, físico y/o abuso sexual.

El rechazo por parte de los padres puede ser parcial o completo, pasivo o activo, sutil o abiertamente cruel. Los efectos de esta deprivación y rechazo pueden llegar a ser muy graves. Por ejemplo, aumenta la “imposibilidad de progresar del niño”, caracterizado por un importante deterioro del desarrollo normal, acompañado de internamientos frecuentes en un hospital. En su forma más grave puede tener efectos muy adversos sobre la salud del niño, e incluso llevarle a la muerte.

El abuso por parte de los padres (ya sea físico, sexual, o de ambos tipos) también se ha asociado con otros muchos efectos negativos sobre el desarrollo de los niños, algunos estudios han encontrado que, al menos para alguno de ellos, el abandono total puede llegar a ser peor que sufrir una relación de abuso. Los niños de los que se abusa suelen mostrar una tendencia a la agresividad (tanto física como verbal), y algunos llegan a responder con furia y agresión incluso ante aproximaciones amistosas por parte de sus compañeros.

Niños maltratados

Los niños maltratados también suelen desarrollar patrones atípicos de apego, fundamentalmente con un estilo desorientado y desorganizado, que se caracteriza por una conducta insegura, desorganizada e incoherente con su cuidador. Por ejemplo, uno de estos niños puede comportarse de una manera aturdida y fría al reunirse con su cuidador en un momento dado, y en otro momento buscar a su madre con angustia para inmediatamente rechazarla y evitarla.

El maltrato que sufre un niño por parte de un familiar cercarno hace que el niño desarrolle esquemas mentales dentro de los cuales no cabe la posibilidad de poder confiar en los demás, probablemente no se aventure a relacionarse con alguien el tiempo suficiente como para aprender que sí existen personas en el mundo que son dignas de confianza, lo que a su vez favorece su tendencia a la agresividad y/o el consecuente rechazo por parte de sus compañeros. El maltrato lleva a atribuir intenciones hostiles a las interacciones que provienen de sus compañeros ò grupo de iguales dentro del ambito escolar.

Por otro lado, las investigaciones sobre las consecuencias a largo plazo del abuso físico apoyan la idea de que estos efectos pueden ser muy duraderos (hasta llegar a la adolescencia y la edad adulta), e incluyen la violencia familiar y extra-familiar especialmente entre los varones. Por ejemplo, se ha encontrado que el abuso físico está asociado con conductas suicidas, así como con la ansiedad, la depresión y los trastornos de personalidad.

Una parte importante de los padres que rechazan o abusan de sus hijos han sido ellos mismos víctimas del rechazo de sus propios padres. Evidentemente su propia historia de rechazos y abusos debe haber tenido efectos devastadores sobre sus esquemas y autoesquemas y que probablemente haya dado lugar a la incapacidad de interiorizar modelos paternales adecuados.

No obstante, los niños maltratados pueden llegar a mejorar en cierta medida cuando su entorno también mejora. Un ambiente en donde las necesidades del niño sea satisfechas (afecto, amor, cariño, compresiòn, entre otros), es un ambiente en donde se propicia la salud mental del niño.

Referencia: James N. Butcher; Susan Mineka; Jill M. Hooley. “Psicología clínica” 12.a edición. Editorial Pearson Educación, S.A., Madrid, 2007. Pag. 82

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