Psicologia Social para Principiantes


Sinopsis:

La psicología social es el estudio científico de cómo los pensamientos, sentimientos y comportamientos de las personas son influidos por la presencia real, imaginada o implicada de otras personas. Los términos pensamientos, sentimientos y comportamientos incluyen todas las variables psicológicas que se pueden medir en un ser humano.

La Psicología Social puede ser definida también como la ciencia que estudia los fenómenos sociales e intenta descubrir las leyes por las que se rige la convivencia. Investiga las organizaciones sociales y trata de establecer los patrones de comportamientos de los individuos en los grupos, los roles que desempeñan y todas las situaciones que influyen en su conducta. Todo grupo social adopta una forma de organización dictaminada por la misma sociedad con el fin de resolver más eficazmente los problemas de la subsistencia.

Los psicólogos sociales explican el comportamiento humano como resultado de la interacción de estados mentales y situaciones sociales inmediatas. En el heurístico famoso de Kurt Lewin, el comportamiento puede ser visto como una función de la persona y el medioambiente, C=f(P, M). En general, los psicólogos sociales tienen una preferencia por los hallazgos empíricos basados en laboratorios. Sus teorías tienen tendencia a ser específicas y enfocadas, en vez de globales y generales.

La psicología social es un dominio interdisciplinario que salva el espacio entre la psicología y la sociología. Durante los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, había una colaboración frecuente entre psicólogos y sociólogos. Sin embargo, las dos disciplinas han virado hacia una actitud cada vez más especializada, aislándose la una de la otra. En años recientes, los sociólogos se han centrado en macro variables (por ejemplo, la estructura social), yendo hacia un extensión mucho más grande. No obstante, los enfoques sociológicos a la psicología social se convierten en una contraparte importante a la investigación psicológica en el área.

Además de la ruptura entre la psicología y la sociología, ha habido una diferencia bastante menos pronunciada en el énfasis entre los psicólogos sociales estadounidenses y los psicólogos sociales europeos. Haciendo una amplia generalización, se puede decir que, tradicionalmente, los investigadores estadounidenses se han centrado más en el individuo, mientras que los europeos han prestado más atención a los fenómenos a nivel de grupo.

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El Eneagrama de la Sociedad


Sinopsis:

Prácticamente cada cultura tiene su leyenda del paraíso: la idea de que se ha «caído» de una condición mejor de vida, que se ha perdido un estado de felicidad y armonía original o primordial.

Sea o no verdadera la idea de un paraíso al principio de nuestra historia, tiene sentido pensar en el paraíso como principio fuera del tiempo, un illo tempore mítico con respecto al cual nuestro estado neurótico constituye una caída. La religiosidad occidental nos ha hablado de la caída como consecuencia de un pecado, y correspondientemente nos habla de una redención a través de la purificación de nuestros pecados.

Pecado original, sin embargo, no es sólo aquél que nos ha llegado desde tiempos originarios como una plaga emocional (o continuidad kármica) a través de las generaciones. Se superponen en la noción de pecado original dos nociones: la de pecado transmisible y la de principio del pecado, su «origen» en el sentido especial de principio (arch) o fundamento: una esencia de la caída más allá de las diversas manifestaciones de la conciencia expulsada del paraíso.

Decía San Agustín de este meta-pecado que es el pecado original, que comprende un aspecto de ignorantia y otro de dificultas. Traduciríamos hoy: una perturbación de la conciencia y una interferencia con la acción. Un elemento no explícito en esta dicotomía Agustiniana pero comúnmente entendido como aspecto esencial del pecado, lo que los teólogos (como el venerable Beda) llamaban «lo concupiscible» —apuntando a aquello que también los budistas han visto al corazón del pecado— un hiper-deseo (tanha, afín) En el mundo moderno y secular ya se habla poco de pecado, y se sospecha de los que aún conservan el término en su vocabulario como de tradicionalistas o culposos. En cambio se habla mucho de patologías. Aplicamos al mal de la conciencia el lenguaje de la medicina, y al hacerlo rescatamos sin advertirlo el sentido original de la palabra pecado que venía quedando casi olvidada tras la contaminación de la noción de mal como disfunción con la de mal como maldad.

La perspectiva psiquiátrica nos ha invitado a pensar no tanto en maldades o conductas destructivas como en disfunciones, confusiones o desviaciones de los impulsos. Y en esto último nos encontramos con el significado original de hamarteía —término prestado de la arquería con que se designa el pecado en los Evangelios, y cuyo significado original era el de no dar en el blanco.

Se encuentra aquí la teología original con la psicopatología de hoy, porque desde Freud también entendemos las fallas de la psiquis como desviaciones energéticas — impedimentos que se interponen entre la espontaneidad y la acción, causando rebalses
de la energía psíquica hacia fines derivados. La diferencia entre pecados y patologías es, sin embargo, el locus de la responsabilidad: en tanto que «pecado» acusa, responsabilizando al individuo, «patología» excusa, responsabilizando a causas pasadas o presentes más allá del individuo mismo. De las patologías mentales e interpersonales somos víctimas, de los pecados somos responsables. Obviamente, cada una de las perspectivas tiene su utilidad y ambas se complementan, pues somos a la vez seres físicos instalados en un universo causal y seres más que animales a quienes un destello de libertad hace responsables. ¿Viene al caso hablar de ciertas aberraciones básicas de la vida psíquica —llámense pecados o patologías? La tradición cristiana nos responde que sí, y nos ofrece su enseñanza de los pecados capitales —formas diferenciadas de expresión del pecado único que están a la cabeza (caput) de todo aquello que podemos hacer de mal en nuestra relación con los demás, con la vida y con nosotros mismos.

¿Qué son «tales pecados»?
En tanto que las patologías han sido descritas por la psicología principalmente como constelaciones de síntomas o características que pertenecen al ámbito de la acción («rasgos de carácter»), pecados tales como el orgullo o la envidia apuntan al ámbito de la motivación.

Podemos decir que se trata de deseos destructivos, deseos exagerados —«pasiones»— aún cuando, a veces, no sean formas de atracción sino de repulsión, y alguna de ellas pueda ser descrita como una pasión de ser desapasionado. En tanto que el amor da, las pasiones constituyen formas de insaciabilidad: no puede ser satisfecha una necesidad neurótica sino en forma transitoria porque en el fondo exige algo inexistente.

Atentamente consideradas, se revelan como formas de una sed de ser que tienen su asiento último en una pérdida de contacto con el ser —una obnubilación espiritual. Está claro que la doctrina de los siete pecados capitales (así como la de la trinidad) no se hace presente en los Evangelios. Piensan los estudiosos que una y otra llegaron al seno del cristianismo a través del contexto cultural helenístico en que se desarrolló el cristianismo temprano y en el cual pervivían doctrinas espirituales provenientes de un esoterismo babilonio. Si bien no encontramos en los Evangelios una mención sistemática de los siete pecados, sí que los encontramos (con el goloso como intemperante y el lujurioso como fornicador) aún antes de que estos fueran escritos en una de las epístolas de Horacio1 cada uno en relación con un particular antídoto.

[El corazón humano arde de avaricia y miserable afán; hay palabras y
fórmulas para calmar este sufrimiento y para curar, por lo menos en parte,
este mal. Te inflas de vanidad: hay ciertas expiaciones que pueden revivirte
si lees cabalmente tres veces cierto libro. El envidioso, el iracundo, el
indolente, el ebrio, el sensual —ninguno es tan salvaje que no pueda ser
domesticado, siempre que tenga la paciencia de dedicarse a aprender.]

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Inteligencia Social Daniel Goleman

Sinopsis:

Durante los días que precedieron a la segunda invasión americana de Irak, un puñado de soldados se encaminó hacia una mezquita local para hablar con el imán con la intención de recabar su apoyo para organizar el abastecimiento de las tropas. Pero la multitud, temerosa de que los soldados fuesen a arrestar a su imán o destruir la mezquita, un santuario sagrado, no tardó en congregarse en las proximidades del templo.

Centenares de musulmanes devotos rodearon entonces a los soldados gritando y levantando los brazos mientras se abrían paso entre el pelotón, armado hasta los dientes. El oficial que estaba al mando de la operación, el teniente coronel Christopher Hughes, cogió entonces rápidamente un megáfono y, dirigiéndose a sus soldados, les ordenó ¡Rodilla en tierra! . Luego les invitó a dirigir hacia el suelo el cañón de sus fusiles y, por último, les gritó ¡Sonrían! .

En ese mismo instante, el estado de ánimo de la muchedumbre experimentó un cambio. Es cierto que algunos todavía gritaban, pero la inmensa mayoría sonreía y hasta unos pocos se atrevieron a palmear la espalda de los soldados, mientras Hughes les ordenaba recular lentamente sin dejar de sonreír. Esa respuesta rápida e inteligente culminó un vertiginoso ejercicio de cálculo social que Hughes se vio obligado a realizar en fracciones de segundo y en el que tuvo que leer el nivel de hostilidad de la muchedumbre, estimar la obediencia de sus soldados, valorar la confianza que tenían en él, descubrir una respuesta instantánea que, trascendiendo las barreras culturales y de lenguaje, calmase a la multitud y atreverse a llevarla a la práctica.
Esta capacidad, junto a la de entender a las personas, son dos de los rasgos distintivos que deben poseer los policías (y también, obviamente, los militares que se ven obligados a tratar con civiles iracundos).

Independientemente de lo que pensemos sobre la campaña militar en cuestión, ese incidente pone claramente de relieve la inteligencia social del cerebro para enfrentarse exitosamente a situaciones tan complejas y caóticas como la
mencionada. Los circuitos neuronales que sacaron a Hughes de ese apuro fueron los
mismos que se activan cuando, en mitad de un callejón desierto, nos cruzamos con un desconocido de aspecto siniestro y decidimos seguir adelante o escapar corriendo. Son muchas las vidas que, a lo largo de la historia, ha salvado ese radar interpersonal y aun hoy en día sigue siendo esencial para la supervivencia. De manera bastante menos urgente, los circuitos sociales de nuestro cerebro se ponen en marcha en cualquier encuentro interpersonal, con independencia de que nos hallemos en el aula, en el dormitorio o en la sala de ventas. Estos circuitos están activos cuando la mirada de los amantes se cruza y se besan por vez primera, cuando reprimimos el llanto y también explican la intensidad de una charla apasionante con un amigo. Este sistema neuronal se activa en todas aquellas ocasiones en las que la
oportunidad y la sintonía resultan esenciales. De él precisamente se derivan la certeza del abogado que quiere exactamente a tal persona en el jurado, la sensación visceral del negociador de que sabe que el otro acaba de hacer su última oferta y la convicción del paciente de que puede confiar en su médico. Y también explica la magia de una reunión en la que todo el mundo deja de mover nerviosamente sus papeles, se queda quieto y presta atención a lo que está diciéndose.

Hoy en día, la ciencia se encuentra ya en condiciones de especificar los
mecanismos neuronales que intervienen en tales situaciones.

el libro completo esta en el link de descarga mas abajo

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El libro de la Mujer



Sinopsis:

Como hombre, ¿cómo puedes hablar de la psique femenina?

No HABLO como hombre, no hablo como mujer. No hablo como mente. Uso la mente, pero hablo como conciencia, como tes¬tigo consciente. Y la conciencia no es ni él ni ella, la conciencia no es ni hombre ni mujer. Tu cuerpo tiene esa división, y también tu mente, porque tu mente es la parte interna de tu cuerpo, y tu cuerpo es la parte externa de tu mente. Tu cuerpo y tu mente no están separados; son una entidad. De hecho, no es correcto hablar de cuerpo y mente; no se debería usar «y». Eres cuerpo mente, sin si¬quiera un guión entre los dos.
Por eso, al hablar del cuerpo, de la mente: «masculino», «feme-nino», estas palabras son relevantes, significativas. Pero hay algo más allá de ambos; hay algo trascendental. Ese es tu centro real, tu ser. Ese ser consiste sólo de conciencia, es un testigo, aler¬ta. Es pura conciencia.
No estoy hablando aquí como hombre; si no, es imposible ha¬blar de la mujer. Estoy hablando como conciencia. He vivido mu¬chas veces en un cuerpo femenino y he vivido muchas veces en un cuerpo masculino, lo he presenciado todo. He visto todas las casas, he visto todas las vestimentas. Lo que te digo es la conclusión de muchas, muchas vidas; no sólo tiene que ver con esta vida. Esta vida es sólo la culminación de un largo peregrinaje.
Así que no me escuches como hombre o como mujer; si no, no me estarás escuchando. Escúchame como conciencia

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EL ORIGEN DEL AMOR

Sinopsis:

EL amor ¿Qué es el amor? Vivirlo y sentirlo es fácil, pero definirlo es en verdad difícil. Por ejemplo, si le preguntas a un pez cómo es el mar, el pez dirá: “Este es el mar, mira a tu alrededor…y esto es lo que es”. Pero si insistes: “Por favor defínelo, no me lo muestres”, entonces el problema resultará muy difícil. Aquello en lo cual uno debe transformarse, aquello que es lo mejor, lo hermoso, la verdad en la vida, puede ser vivido, puede ser conocido; mas es difícil definirlo, describirlo. Esta es la desgracia del hombre: aquello que debiera ser vivido en forma intensa, aquello que debiera ser comprendido desde nuestro interior, acerca de eso, el hombre se ha limitado a hablar y hablar desde hace cuatro o cinco mil anos. Hay conferencias acerca del amor; se cantan canciones de amor, se entonan himnos devocionales en templos e iglesias ¿Y qué es lo que no se hace para alabar el amor? Pero no hay lugar para el amor en la vida humana Si examinamos al hombre con detenimiento, veremos que no existe palabra más falsa que “amor” en el lenguaje humano.
La religión predica acerca del amor, pero la clase de amor que predomina que ha envuelto a la humanidad como una desgracia intrínseca sólo ha logrado cerrar todas las entradas al amor en la vida del hombre. Y la muchedumbre idolatra como creadores del amor a aquellos que lo han falsificado, que han secado todas las corrientes del amor. Respecto a esto, no existe diferencia básica en cuanto a actitud entre Oriente y Occidente, entre un indio y un americano. El manantial del amor aún no emerge en la vida del hombre. Y la responsabilidad de esta situación le es atribuida al hombre. Suponemos que el amor no ha surgido porque el hombre se halla viciado. Creemos que el amor no aparece porque esta mente, nuestra mente, es venenosa… La mente no es veneno. Aquellos que están corrompiendo a la mente han envenenado al amor, no han permitido que el amor florezca. Nada es venenoso en este mundo. Nada es tan malo en toda la creación de Dios: todo es néctar. Es el hombre quien ha convertido todo el néctar en veneno; ¡los mayores culpables de esto son los llamados profesores, santones, santos y demagogos!

Es necesario reflexionar detenidamente respecto a esto. Si esta enfermedad no es comprendida, si no es corregida ahora mismo, tampoco en el futuro habrá posibilidades para el amor en la vida humana. La ironía es que hemos aceptado como válida a esa misma fuente que ha originado que el amor aún no brille en el horizonte humano. Si los principios que nos hacen errar el camino son repetidos, reiterados, a través de los siglos, no lograremos ver la falsedad fundamental de los principios originales. El caos surge debido a que el hombre es intrínsecamente incapaz de ceñirse a normas antinaturales, y así el hombre aparece como errado.
He oído que en tiempos remotos, un buhonero de abanicos de mano solía pasar frente al palacio de un rey, vociferando acerca de lo excepcionales y estupendos que eran los abanicos que tenía a la venta. Proclamaba que nunca nadie había fabricado ni visto abanicos como estos. El rey tenía una colección de todo tipo de abanicos provenientes de todos los rincones del planeta. Sintió curiosidad, y atisbó desde el balcón para ver al vendedor de tan extraordinarios y estupendos abanicos. Sin embargo, le pareció que los abanicos eran corrientes, a lo más, valdrían una rupia cada uno. El hombre fue llamado arriba.
El rey preguntó: “¿Por qué son tan extraordinarios estos abanicos y cuál es su precio?” El buhonero respondió: “Su Señoría, el precio no es muy alto. En comparación con la calidad de estos abanicos el precio es mucho menor. Cien rupias cada abanico”. El rey estaba asombrado. “¿Cien rupias? Estos abanicos que valen una rupia cada uno… que pueden encontrarse en todas partes… ¿y pides cien rupias por cada uno? ¿Qué tienen de especial estos abanicos?” El hombre dijo: “¡La calidad! Están garantizados por cien años. No se arruinarán ni siquiera en cien años”. “Si me baso en su aspecto, parece imposible que duren ni siquiera una semana. ¿Estás tratando de engañarme? Un completo fraude, ¿y además con el rey?” El buhonero replicó: “¡Mi Señor! ¿Cómo me atrevería? Usted sabe muy bien, Señor, que paso diariamente bajo su balcón vendiendo abanicos… El precio es de cien rupias por abanico, y me hago responsable si no dura cien años. Me puedes encontrar todos los días en la calle. Y además, tú eres el soberano de estas tierras; ¿cómo podría estar a salvo sí te engaño?” El abanico fue comprado por el precio solicitado. Aún cuando el rey no confiaba, se moría de curiosidad por saber en que se basaba el buhonero para defender una mentira tan obvia. Se le ordenó al hombre que se presentara después de siete días.
La varilla central se desprendió en tres días, y el abanico se desintegró antes de una semana. El rey estaba seguro de que el hombre de los abanicos nunca se presentaría nuevamente; sin embargo, para su completa sorpresa, el hombre vino por sí mismo tal como se le había solicitado, a tiempo, al séptimo día: “¡A su servicio, Su Señoría”
El rey estaba furioso: “¡Canalla! ¿Eres un bobo? Mira ahí está tu abanico, todo roto. Este es el estado en que se encuentra después de una semana, y tú me garantizaste que duraría cien años. ¿Estás loco o eres un super-timador?” El hombre replicó humildemente: “Con las debidas excusas, parece ser que mi Señor no sabe utilizar un abanico. El abanico debe durar cien años. Esta garantizado… ¿Cómo lo utilizó?” El rey dijo:
“!Gran Dios! ¡Ahora también deberé aprender a utilizar un abanico!”
“Por favor no se enfade. ¿Cómo llegó el abanico a este estado en siete días? ¿Cómo lo utilizó?”
El rey tomó el abanico y demostró la forma según la cual uno se abanica. Y el hombre dijo:
“Ahora comprendo el error. Uno no debiera abanicarse de esa forma”.
“¿Qué otro método existe para abanicarse?”
El hombre explicó: “Sostenga el abanico, manténgalo inmóvil frente a usted, y luego mueva la cabeza de un lado a otro… El abanico durará cien años. Puede que usted muera, pero el abanico seguirá intacto. El abanico no tiene nada malo. Su forma de abanicarse es equivocada: usted mantiene la cabeza inmóvil y agita el abanico. ¿Qué culpa tiene mi abanico de eso? La culpa es suya, no de mi abanico”.
¡La Humanidad, el hombre, es acusado de un error parecido! Vean a nuestra humanidad. El hombre se halla tan enfermo, consecuencia de cinco, seis o diez mil años. Se afirma una y otra vez que el hombre está mal, y no la cultura. El hombre se está pudriendo, la cultura es ensalzada. ¡Nuestra grandiosa cultura! ¡La grandiosa religión!… ¡Todo es grandioso, y vean los frutos de ello! Sin embargo, afirman que el hombre está mal, que el hombre debiera cambiar… Y sin embargo, ningún hombre del rebaño se pone de pie y pregunta si la cultura y la religión, que no han logrado llenar al hombre de amor desde hace diez mil años, se basa acaso en valores falsos… Y, si el amor no se ha desarrollado en los últimos diez mil años, tomen mi palabra de que no existe ninguna posibilidad futura de un hombre amoroso si nos hemos de basar en esta cultura y religión. Aquello que no pudo lograrse en los últimos diez mil años no puede ser alcanzado en los próximos diez mil años, porque el hombre de hoy será el mismo mañana. Aun cuando las capas externas de etiqueta, civilización y tecnología han cambiado de una época a otra, el hombre es el mismo y será siempre el mismo. ¡Y sin embargo, no estamos dispuestos a reexaminar la cultura y la religión, acerca de las cuáles hemos estado cantando loas a voz en grito, y a mirar más detenidamente a los santos y custodios cuyos pies besamos! Ni siquiera estamos dispuestos a mirar atrás, a reflexionar acerca de nuestra forma de vida y el curso de nuestro pensamiento, para verificar si no nos conducen por caminos equivocados. Si es que no están totalmente errados…

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