Significado de la agresividad infantil

agresividad

El desconcierto, la sorpresa, la dificultad de los padres para interpretar las conductas de oposición, de enfrentamiento y de agresividad de sus hijos, pequeños y no tan pequeños, tienden a ser constantes a lo largo de los tiempos.

Lo cierto es que para el niño es esencial expresar su agresividad, la socialización de ese impulso resulta fundamental para la cultura. El adulto debe tener presente el enorme valor que posee la agresividad del niño como fuente de energía vital para su desarrollo intelectual y moderar su tendencia habitual a reprimirla.

La agresividad se origina en el mismo momento del nacimiento; si bien durante los primeros meses de vida, mientras se mantiene el vínculo madre-hijo, el bebé se encuentra en un estado de dependencia casi absoluto, igualmente da muestras de disconformidad (llanto, gritos) ante la mínima frustración. Naturalmente, la madre va en forma progresiva “desilusionando” al bebé, en la medida en que no satisface plenamente todas sus necesidades, tanto biológicas como emocionales.

Esta limitación materna fuerza al niño a que apele a sus propios recursos para lograr satisfacer esas mismas necesidades, no sin la correspondiente resistencia y protesta. Sin embargo, más tarde da muestras de cierto placer al descubrir la satisfacción de poner en práctica estas funciones.

Por lo tanto, este proceso de desilusión-frustración resulta ser un movilizador de recursos potenciales que el niño posee y están a la espera de un estímulo-necesidad para ponerse en movimiento. Cuanto más confortable haya transcurrido el período de ilusión del bebé con su mamá, será más fácil transitar el período de desilusión-frustración.

Así es como alcanza logros madurativos tales como: destetarse, gatear, caminar, asearse, vestirse, desprenderse temporalmente de las figuras parentales. Estos acontecimientos, inicialmente vivenciados como estados de privación y/o frustración, con el tiempo se convierten en motivo de legítimo orgullo, pues el niño no sólo descubre el placer que le produce el desempeño de la función, sino además la libertad que le otorga una menor dependencia del adulto.

En muchas circunstancias en la vida de un niño y de sus padres pueden producirse de modo brusco acontecimientos capaces de complicar ese proceso de desprendimiento y de mayor autonomía. Por ejemplo: cuando la mamá vuelve a quedar embarazada, o cuando los padres se separan, o cuando padecen alguna enfermedad aguda o crónica importante, o cuando se producen viajes, mudanzas, emigraciones, duelos, pérdidas de seres queridos, etcétera, hechos que con frecuencia generan reacciones de displacer, de enojo e incluso agresiones, más graves cuanto más baja sea la tolerancia a la frustración.

Estas reacciones se materializan en conductas de reclamo, negativismo, hostilidad, crisis de rabia, pataletas, etc. y van dirigidas en gran parte hacia los padres, a quienes el niño hace “responsables” de lo que sucede (proyección de la culpa).

Otra interpretación frecuente del niño ante una situación traumática es atribuir esos hechos a un merecido castigo por una imaginaria agresión supuestamente provocada por él (introyección de la culpa).

Por este mecanismo inconsciente, un niño se siente culpable de muchos hechos en los que no ha tenido participación alguna (enfermedad de los padres o de hermanos, separaciones, accidentes, abortos, etcétera).

¿Cómo deben responder los padres ante estas interpretaciones que realiza su hijo?

Ante todo conviene aclarar al niño lo que está ocurriendo. En el mejor de los casos, una situación de estas características se resuelve con una mamá segura, firme, que confíe en sí misma y que pueda comprender y hablar con su hijo sobre la situación de culpa y angustia por la que este atraviesa.

Esta actitud empática permite a la madre ponerse en el lugar de su hijo, comprenderlo y darle muestras de amor a pesar de su enojo. Una madre que permanece a su lado, sin rechazarlo ni agredirlo, y que puede contenerlo con firmeza y con amor, permite al niño restablecer el vínculo amoroso con rapidez.

El caso inverso es el de una madre que no tolera la actitud de hostilidad del niño y reacciona con rechazo o pone límites exagerados. Este niño seguramente sentirá mucho temor a no ser querido, y a no poder recuperar un vínculo satisfactorio con ella.

Referencia: Rinaldi, Guillermo “Escuchemos al niño : cómo comprender y responder los mensajes infantiles” – 1a ed. Granica. Buenos Aires, Argentina.:  2005. pag 66.

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