Trastornos más frecuentes en niños de edad escolar

 Trastornos

Los educadores trabajan y se familiarizan con una gran mayoría de niños de buenos recursos y de conductas de adaptación apropiadas. Eso les permite formarse en observadores capacitados para detectar cualquier desnivel de aprendizaje o problema de conducta en algún integrante del grupo escolar antes que comience a producirse una progresiva marginación o auto marginación del niño.

A continuación explicare los trastornos de conducta más habituales que perturban en ocasiones el funcionamiento del grupo escolar.

Área emocional

  1. Conductas agresivas que, en niños pequeños, pueden traducirse en actos como morder, arañar, tirar del pelo, pegar, empujar y gritar.
  2. Conductas agresivas verbales que, en niños mayores, se manifiestan en forma de insultos, descalificación, acusación.
  3. Inhibición severa de la agresión. Conductas de indefensión, aislamiento, angustia, temores o fobias diversas (a salir al patio, al recreo, a ir al baño, a realizar actividades al aire libre, a salir de campamento de excursión, etc.).
  4. Enuresis o encopresis (descontrol de esfínteres) en niños mayores de 3/4 años que se manifiesta en el ámbito escolar.
  5. Conductas o expresiones extravagantes, como un exceso de pensamiento mágico (normal hasta cierto límite en la infancia) que le impida una adecuada integración y/o relación con la realidad.
  6. Expresiones relacionadas con el sexo, exacerbación intensificación de la curiosidad, masturbación compulsiva, exhibicionismo o voyeurismo.

Área pedagógica

  1. Torpeza motriz gruesa y/o fina.
  2. Trastorno en la adquisición del lenguaje.
  3. Trastorno del desarrollo del lenguaje: pobreza, dificultades articulatorias (dislalias, rotacismos, etc.) y disfasias.
  4. Trastornos específicos del aprendizaje: visoespaciales, grafomotores (lectura y escritura), y en el dominio matemático (discalculia).
  5. Déficit atencional con o sin hiperactividad.

Área pediátrica

  1. Enfermedades médicas diversas, tales como asma, diabetes, epilepsia, etc. Problemas sensoriales (agudeza visual y/o auditiva disminuidas). Intervenciones quirúrgicas, etc.

En la práctica, el límite entre lo normal y lo patológico de estos trastornos se vuelve para la escuela difícil de discernir. Existen síntomas que durante un largo tiempo no alcanzan a producir perturbaciones, pero posteriormente se convierten en trastornos que alteran el buen funcionamiento escolar. El niño en cuestión resulta frecuentemente rechazado o marginado del grupo.

El rol preventivo del educador

El educador tiene muchas posibilidades de detectar dificultades sensoriales, tanto visuales como auditivas, que pasan inadvertidas en la casa. Por ejemplo: acercarse excesivamente a la hoja, no distinguir letras o láminas expuestas en el pizarrón, no escuchar bien las consignas o la voz baja, etc., son trastornos que, de no ser detectados, pueden perturbar o retrasar el aprendizaje.

En el campo de los aprendizajes sistemáticos, la imposibilidad de seguir un ritmo adecuado en la incorporación de los contenidos mínimos va creando situaciones difíciles de remontar si no se advierten tempranamente. En general, estos problemas son detectados por el educador; sin embargo, en algunas oportunidades los niños disimulan o compensan sus dificultades tratando por todos los medios de no ponerlas en evidencia. Es frecuente observar que estos niños se vuelven en extremo dependientes de sus compañeros o padres, quienes se ven obligados a hacer el esfuerzo por ellos. Muchas veces no dan muestra de angustia o de preocupación, actúan como si nada pasara, confundiendo a los educadores con relación a sus reales posibilidades. Cuando el educador detecta cualquiera de estos mecanismos compensatorios de defensa, debe consultar con la dirección de la escuela y solicitar una evaluación psicológica del niño para poder brindar un diagnóstico certero de la situación.

Referencia: Rinaldi, Guillermo “Escuchemos al niño : cómo comprender y responder los mensajes infantiles” – 1a ed. Granica. Buenos Aires, Argentina. 2005. pág 136.

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