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¿Cómo vive un niño su propio secuestro?

27 junio, 2018
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La forma como los niños enfrenten una situación de secuestro depende de la edad que tengan y del clima familiar previo al secuestro. Difícilmente se puede dar un conocimiento completo de cómo enfrenta un niño o una niña esta situación.

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A través de la experiencia, se puede ver que los niños identifican las nuevas figuras de autoridad en el contexto de un secuestro y aprenden a amoldarse a sus exigencias. Este ajuste es con frecuencia doloroso ya que abre un panorama de relación con los adultos hasta ahí desconocido y que no corresponde por lo general a aquello a lo que están acostumbrados en casa.

Los regaños, lo que está permitido y lo que no, la forma como son tenidos en cuenta para un diálogo, responden más a la concepción de la niñez que tengan los captores y a los patrones de crianza por ellos conocidos.

En algunos caso los secuestradores utilizan formas para engañar a los niños y convencerlos, diciéndoles mentiras, deteriorando la imagen que los hijos tienen de sus padres; les dicen que ellos están metidos en malos negocios, que están ahí, “porque los padres no los quieren, lo dejaron a su cuidado mientras se iban de vacaciones”, “que hasta que no regresen del viaje él no volverá a casa” o que “hasta que no paguen la gran deuda que tienen con ellos no lo van a dejar ir”.

También se ha tenido conocimiento de casos en los que los captores, apenas adolescentes, establecen una relación de paridad con los niños y juegan con ellos. El juego se convierte entonces en una forma de manejar el tiempo que coincide con el modo de funcionamiento propio de la niñez. Este tipo de espacios puede favorecer que el niño establezca relaciones privilegiadas con algunos de sus secuestradores más que con otros, claro…En algunos casos.

Los captores son figuras que cumplen con la función de cuidar, alimentar, en ocasiones de distraer y al mismo tiempo son quienes mantienen la situación de cautiverio, y por eso son actores de la privación de la libertad de la cual se es víctima. En este sentido se dan sentimientos ambivalentes hacia ellos, de afecto y de rechazo, que en el caso de los niños puede estar representado por la amistad con unos y el rechazo de otros.

Este tipo de características hace que para el niño o la niña pueda ser difícil concebir que la persona con la que jugó, que lo ayudó, lo cuidó y lo alimentó pueda ser un delincuente que la ley castiga con la cárcel.

En su mente esa persona es su amigo o es “bueno” y no merece una suerte de ese orden. Vale la pena en estos casos distinguir la maldad del delito, de tal suerte que el menor logre comprender que hay comportamientos castigados por la sociedad y por la ley, independientemente de los detalles amistosos de los cuales la persona pueda también ser capaz.

Este tipo de explicaciones son necesarias, una vez se dé la liberación, para que el niño o la niña no alberguen culpas en torno a la suerte de sus secuestradores y logre comprender de forma más clara la experiencia por la que ha tenido que atravesar como resultado del comportamiento desviado de la norma de un tercero.

Referencia: USAID “Cicatrices del secuestro” Primera edición, 2003, Pág. 27. Bogotá.

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